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Artistas bipolares: entre luces y sombras.

Posted on : 16-07-2010 | By : Omar | In : Psicologicemos

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bipolares

Desde Sócrates y Aristóteles en la antigua Grecia y hasta nuestros tiempo, el fenómeno del trastorno bipolar ha llamado la atención de los estudiosos de la psiquis, como una singular alternancia entre estados de ánimo que hacen oscilar dramáticamente a la persona entre el febril entusiasmo y el más oscuro desaliento.
Desde el punto de vista psiquiátrico y cultural, este trastorno resulta especialmente notable en el mundo del arte, el medio más adecuado para expresar las profundidades de la emoción y la mente. Sea por la personalidad de los artistas o por la naturaleza misma del arte, el trastorno bipolar o maníaco – depresivo ha estado presente, en diferentes matices e intensidades, entre los creadores de todo tipo y a través de todas las épocas.

En cierta forma, las personas con capacidades artísticas experimentan una clase de vivencia de mayor intensidad que el común de los seres humanos, aunque a menudo deben pagar un alto precio – incluso con su propia vida – por sus bruscas vacilaciones de estados exaltados y depresivos. En el mejor de los casos, obtienen una amplia gama de experiencias y sensaciones límites que aprovechan para realizar sus creaciones. Pero, como contrapartida, pueden hundirse definitivamente en la locura o la muerte.

“La belleza del mundo tiene dos filos, una de risas y otro de angustia, y ambos, te parten el corazón en dos”, escribió Virginia Wolf sobre sus constantes altibajos anímicos que la llevaron al suicidio. Igualmente, las pinturas de Georgia O( Keeffe y la música de Gustav Mahler son el mejor testimonio de su desgarrador drama interior entre luces y sombras. Hay una larga lista de creadores que fueron víctimas del trastorno bipolar, desde compositores clásicos como Robert Schumann hasta músicos de rock como Kurt Cobain, y desde literatos como Charles Baudelaire y Ernest Hemingway hasta artistas de cine como la actriz Viviene Leigh y el director Tim Burton.

Esta serie de seis fascículos nos presenta las biografías de afamados creadores cuya vida y obra quedaron marcados a fuego por el trastorno bipolar, a través de historias humanas donde la genialidad y los altibajos emocionales conviven dramáticamente.
VIRGINIA WOLF
ENTRE LAS OLAS
La escritora británica Virginia Wolf vivía angustiosamente entre la euforia y la melancolía, aunque en su estado normal era una persona afectuosa, chispeante y socialmente encantadora. Según el testimonio de un amigo cercano, “después de estar con ella me sentía como si acabara de beber un par de copas de excelente champaña”.

Desde el punto de vista creativo, incluso trataba de sacar provecho de sus estados depresivos: “Nunca sé si quiero salir de esta melancolía”, confesaba en su diario. “Estas nueve semanas me vi sumergida en aguas profundas, lo cual es alarmante pero de gran interés… Tiene una ventaja muy importante. Es sumergirse en el pozo sin nada que nos proteja del acoso de la verdad”.

Pero en uno de esos oscuros momentos de la psiquis, la autora de Las Olas literalmente se hundió para siempre en las aguas profundas. Una mañana salió a caminar desde su casa de campo en Rodmell (Inglaterra) hasta la orilla del río Ouse, metió un par de grandes piedras en los bolsillos de su chaqueta y entró caminando en el agua hasta quedar completamente sumergida. El peso de las piedras hizo bien su trabajo. Pasaron tres semanas antes de que el cuerpo emergiera.

Una breve nota a su esposo Leonard explicaba el motivo de su suicidio: “queridísimo, sé que otra vez estoy enloqueciendo. Creo que no podemos volver a pasar por esos días tan terribles. Y esta vez no me recuperaré… Ya no puedo luchar más”. Mencionaba también una brutal enfermedad que ala asolaba en sus momentos más felices. Diversas referencias en su diario personal, que escribió hasta cuatro días antes de quitarse la vida, sugieren que se trataba de la perturbación psíquica llamada actualmente trastorno bipolar.

“LA BELLEZA DEL MUNDO TIENE DOS FILOS, UNO DE RISAS Y OTRO DE ANGUSTIA, Y AMBOS TE PARTEN EL CORAZON EN DOS”
La literatura y los vaivenes anímicos acompañaron a Virginia desde la cuna misma. Su madre provenía de los Duckworkh, una familia de ilustres editores, y su padre era un prominente crítico, amigo de autores tan famosos com Henry James, Tennyson y George Eliot. La infancia y la juventud de la futura escritora estuvieron jalonadas por violentos episodios que, desde pequeña, la volcaron hacia sí misma. En 1895, Virginia sufrió su primer colapso nervioso, ante la súbita muerte de su madre. La niña quedó al cuidado de su hermanastra Stella, pero dos años después su protectora también falleció repentinamente, y su padre debió hacerse cargo de su educación.

“¡Imagina cómo fui criada!”, le confidenció a una amiga. “Sola entre los libros de mi padre, sin ninguna oportunidad de experimentar las vivencias de un colegio, como juegos de pelota, lenguaje soez y escenas de celos”. Según algunos biógrafos, hubo cosas peores aun: sus hermanos habrían usado sexualmente de ella. Para colmo de males, debió enfrentar el deceso de su padre, tras un cáncer doloroso y prolongado. Cuando finalmente su otro hermano también murió, Virginia fue víctima de una nueva crisis nerviosa.

Trasladada a la residencia de una hermana, en la localidad de Bloomsbury – donde nacería posteriormente el famoso movimiento literario que ella lideró -, hizo sus primeras publicaciones, para el suplemento de artes y letras del TIMES. Después de casarse con Leonard Woolf, editor y cientista político, publicó su primer libro, Viaje hacia fuera.

Luego vinieron una serie de relatos y novelas inspirados en las vidas de su familia y sus amistades, hasta su definitiva consagración literaria con Las Olas, en 1931, un extenso soliloquio pleno de imágenes poéticas, que sigue las existencias de seis personas desde la infancia a la vejez.
ESENCIA DE LO FEMENINO
Uno de los grandes méritos artísticos de Virginia Woolf fue el desarrollo de innovadoras técnicas literarias para revelar la esencia de lo femenino, como una corriente alternativa a la visión masculina que dominaba hasta entonces el pensamiento estético. Algunos investigadores especulan incluso sobre la carencia de deseo sexual de la escritora hacia los hombres, provocada por el episodio de abuso del cual habría sido víctima en su juventud. Sin embargo, deseaba tener hijos, una posibilidad que los médicos le desaconsejaron por sus endebles condiciones de salud. Por otro lado, es posible que la misma privación de la maternidad contribuyera a ensombrecerse aún más su ánimo.

Sus episodios depresivos eran cíclicos, muchas veces según los cambios climáticos de cada estación, pero también caía en profundos estados de melancolía cada vez que finalizaba una obra. Así pasó varios períodos de depresión, alucinaciones, anorexia nerviosa y aun intentos de suicidio. No obstante, entre cada una de sus depresiones pasaba por períodos de enorme creatividad y exaltación del ánimo. “Tú sabes bien que cambio como el camaleón: un día soy un leopardo lleno de machas de color violeta, hoy soy un ratón”, le escribía a su marido, su gran apoyo para lograr la estabilidad que le permitían nuevamente salir a flote y volver a escribir.

Pero ningún consuelo fue suficiente cuando comenzó la invasión del nazismo en Europa. Abrumados por la situación, Virginia y su esposo- de ascendencia judía-, tomaron la decisión de suicidarse si Hitler invadía finalmente a Gran Bretaña. Aunque esa desgracia nunca ocurrió, posiblemente los horrores de la guerra hicieron mella en la frágil vida psíquica de la escritora, hasta que, en Marzo de 1941 tomó su trágico camino final. “Oigo voces y no me puedo concentrar en mi trabajo. He luchado contra ellas pero ya no puedo hacerlo más”, confesaba.

Algunos críticos modernos interpretan sus obras como una exploración de sus propios traumas, y la escena de la escritora hundiéndose parsimoniosamente en el río forma parte del imaginario artístico del siglo XX. “Soy un navío poroso que flota en las sensaciones, una placa sensible expuesta a invisibles rayos… Llevándome el aliento de estas voces en mis velas y virando de aquí para allá a lo largo de mi vida, mientras me voy rindiendo a ellas”, escribió. Sin embargo, su obra literaria trasciende su mera biografía y la intensidad de aquel momento. Sobrevive su calidad simbólica, la vida psíquica de los personajes, la delicadeza de estilo, su espíritu evocativo y su amplia cultura; y por sobre todo, los tenues pasadizos que ligan el exterior con el mundo interior del ser humano, más allá del goce y de la melancolía.

LEON TOLSTOI
SU GUERRA Y SU PAZ
“LA IDEA DEL SUICIDIO ME LLEGÓ CON TANTA NATURALIDAD COMO ANTES ME HABÍA LLEGADO LA DE MEJORAR MIS CONDICIONES DE VIDA”.

Perteneciente a la antigua noble rusa, criado por unas tías y educado por preceptores extranjeros, León Nikolaiewitch Tolstoi creció sin conocer nunca los sentimientos normales hacia sus progenitores. Ambos padres habían muerto en un accidente cuando era solo un niño. Esta dolorosa y precoz pérdida le hizo desarrollar, con el paso del tiempo, una exseciva conciencia del sufrimiento ajeno. En más de una ocasión intentó mejorar las condiciones de vida de los siervos de su tierra e incluso creó una escuela para niños campesinos, en la que aplicó innovadores métodos educativos. Pero ni su trabajo literario ni sus obras sociales lograron aplacar su dolor contenido.

El descontento consigo mismo y con el mundo que lo rodeaba, la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza material, el cansancio existencial y la melancolía fueron anidando sentimientos que se hicieron insoportables a partir de los 50 años. Su profunda depresión contrastaba absolutamente con su imagen aparente de hombre activo, escritor exitoso y dueño de una vida cómoda, satisfactoria y feliz. Su única vía de escape era la escritura. En sus catárticos diarios personales dejaba testimonio de sus angustias y de sombrío mundo interior: “No puedo escribir ni pensar”. “Duermo espiritualmente y no vuelvo a despertar”. “No me siento bien, estoy sin ánimos”. “Ya no experimento placer, no espero nada de la vida”.
Para aliviar físicamente la terrible opresión de su pecho lanzaba lastimeros quejidos e incluso sollozaba. Paulatinamente comenzó a aislarse del mundo exterior y a alejarse efectivamente de su esposa y de sus trece hijos. Su propia familia le temía a sus reacciones violentas y a su carácter irascible, sin poder reconocer a su ser querido en ese hombre callado, distante y huraño. “Me siento triste en medio de mi familia, porque no puedo compartir sus sentimientos. Todo lo que les causa placer, los exámenes escolares, el éxito en el mundo, sus compras, todo esto lo considero una desgracia y una plaga para ellos mismos, pero no lo debo decir”, escribía ensimismado y solitario.

Durante el día, pasaba la mayor parte de la jornada en su escritorio, abstraído de la realidad, con las manos inertes y la mirada obsesivamente fija. Aunque tenía un vigor descomunal y le gustaba hacer las cosas con sus propias manos, el trabajo físico comenzó a hacérsele insoportablemente tedioso. En el terreno intelectual, la escritura y hasta el pensamiento le parecían actividades banales e inútiles. No podía conciliar el sueño. “La vida quedó paralizada y se hizo siniestra”, anota en su diario. Insomne en su lecho, prefería levantarse y caminar de un extremo a otro de la habitación como un neurótico.
Era rico, famoso, saludable y respetado, sin embargo se sentía profundamente desdichado.
Poco a poco, la posibilidad de quitarse la vida para dejar de sufrir comenzó a apoderarse de su mente. “Esta idea (del suicidio) se volvió de tal manera tentadora que tuve que usar la astucia contra mí mismo para no aplicarla demasiado pronto. No quería apresurarme, porque quería emplear toda mi fuerza para aclarar mis pensamientos… Ni yo mismo sabía lo que quería. Tenía miedo de la vida, luchaba por deshacerme de ella y, sin embargo, todavía esperaba algo. Y eso me sucedía cuando aparentemente debía considerárseme un hombre completamente feliz. Aún no cumplía los cincuenta años, tenía una esposa buena y adorable, estupendos hijos y una gran hacienda que crecía y se expandía sin ningún esfuerzo de mi parte. Más que nunca era respetado por amigos y conocidos, y alabado por los extraños, y podía decir sin temor a equivocarme que ya tenía cierto renombre”.

Tolstoi vivía una cruel paradoja. Mientras protagonizaba el mejor momento de su vida desde el punto de vista profesional, económico y familiar, en su interior se sentía devastado. Poseía una sólida fortuna y vivía como un aristócrata hacendado en su mansión familiar de Jasnaia Poliana. Tenía una salud de hierro y los campesinos lo saludaban con veneración al paso de su cabalgadura. La gente culta también inclinaba la cabeza ante su obra literaria. Sin embargo, todo eso carecía de sentido y de valor para él.
Bajo su aspecto de tosco campesino ruso, se escondía un artista atormentado, llevado de un extremo a otro por abrumadoras fuerzas. Era capaz de escribir intensamente durante ocho a diez horas diarias, corrigiendo y puliendo cada palabra con fanatismo perfeccionista, para crear obras tan monumentales como Anna Karenina y La Guerra y la Paz. Pero luego de cada uno de sus grandes trabajos literarios, le sobrevenía un terrible decaimiento físico y psíquico. Le fallaba la digestión, sus sentidos se nublaban y lo dominaba un sentimiento de incapacidad, acompañado de una intensa melancolía. En busca de consuelo, huía hacia las estepas, se alojaba en las chozas más pobres de los campesinos y bebía Kumyss-leche fermentada de yegua- como un tónico milagroso para restablecer el equilibrio de su alma.

La angustia, fiel compañera de sus días, fue magistralmente expresada en su relato titulado La Muerte de Ivan Ilych. Con un argumento extremadamente simple y un lenguaje sencillo y cotidiano, la obra es capaz de transmitir el sufrimiento del personaje con gran acierto. Iván Ilych es un hombre corriente, amable y de inteligencia normal. Vive una vida sin sobresaltos, hasta el día en que sufre un accidente doméstico y, junto con conocer el dolor crónico, comienza a percibir su entorno con amargura. El dolor sordo, rebelde y tenaz lo inquieta física y sicológicamente. “¿Estoy mal, muy mal o se trata de poca cosa?”, se pregunta. La depresión y el miedo a la muerte se apoderan de él a tal punto, que pasa los días y las noches recostado en su cama o en un diván. Se siente incomprendido y engañado por sus familiares, que tienen certeza sobre su muerte, pero no se atreven a reconocerlo.

A medida que progresa el relato, Ilich se vuelve un vivido reflejo de la carga interior de Tolstoi. Al igual que él, se siente profundamente solo, espiritualmente angustiado y plenamente consciente de la vacuidad de la vida “mediocre, pálida y regida por pequeñas conveniencias sociales, mezquina y a menudo repugnante. “No obstante, su esperanza de encontrar un sentido a la existencia y una respuesta a las interrogantes esenciales lleva al escritor a crear un final redentor para el bueno de Ilych. A través del amor a los demás y de la preocupación por el dolor ajeno, se da cuenta que el dolor físico puede ser relegado a un segundo plano y que, desde este prisma, la posibilidad de la muerte se vislumbra como “un acto terriblemente majestuoso y lleno de significado expiatorio”. Ese era el fin que el escritor quería para sí y que desgraciadamente no pudo conseguir.

“Uno puede vivir solo hasta cuando se intoxica o se emborracha de vida, pero cuando uno vuelve a la sobriedad no puede menos que ver que todo es una broma estúpida. Lo más curioso de todo esto es que no hay nada gracioso o tonto en ello; es cruel y estúpido, pura y simplemente… ¿Cuál puede ser el resultado de lo que tengo hoy? ¿Qué debo hacer mañana? ¿Por qué debo hacer algo?. ¿Hay algún otro propósito en la vida que la muerte que me espera no deshaga y destruya?”, escribe desesperadamente en sus Confesiones.
GUSTAV MAHLER
LAS MIL MUERTES DE UNA VIDA

Desde pequeño Mahler, solía aislarse. Se sumergía en su propio mundo, alejado de la realidad, la angustia, el desasosiego y los problemas cotidianos. La muerte prematura de ocho de sus doce hermanos y la violencia intrafamiliar de la que fue testigo dejaron profundas huellas en su vida emocional.
Al mirar en perspectiva la vida del compositor – sus orígenes, ambiente familiar y conyugal, su obra y sus declaraciones – es posible concluir que desde muy niño tuvo que enfrentar una seguidilla de crisis maníaco – depresivas, desencadenadas por las difíciles circunstancias que le tocó vivir.
Hijo de padres judíos de Bohemia, miembro de un pueblo desterrado en una provincia checa conquistada por el imperio austrohúngaro y despreciado por el establishment musical vienés – pese a su oportunista conversión al catolicismo -, nunca pudo experimentar un sentido de pertenencia.
Su padre, Bernhardt Mahler, había logrado hacerse de un próspero negocio de licores que aseguraba la posición financiera de la familia, pero su temperamento iracundo impidió que el joven creciera en un ambiente armónico. Durante su infancia, fue testigo de los abusos de este hombre dominante y brutal, que sometía a malos tratos a la madre de Gustav, a la que el niño amaba entrañablemente. El temor permanente y las carencias afectivas hicieron que sus estados de ánimo fluctuaran, periódica y cíclicamente, entre la melancolía y la euforia.

A su manera dura y autoritaria, Bernhardt insistió en darles una buena educación a sus hijos. Cuando Gustav empezó a dar muestras de un incipiente talento musical, a los seis años, la familia entera no escatimó sacrificios para que ingresara al Conservatorio Musical en Viena. A pesar del apoyo familiar y de sentirse dotado de un talento poco común, su pesadumbre existencial no se revirtió. Prueba de su estado de ánimo es su primera composición de madurez, a la que sugerentemente llamó La Canción del Lamento.

Posteriormente decidió dedicarse a la composición musical, asunto que le exigió vivir dos años a expensas de su padre. El énfasis con que había abordado su nuevo objetivo se vio rápidamente minado por la soledad, la falta de independencia y los problemas económicos. Desilusionado, cayó en un estado depresivo del que sólo pudo salir cuando empezó a ganarse su propio sustento, trabajando en dirección orquestal. Rápidamente se ganó un merecido prestigio por su destreza como director y a los 28 años fue nombrado titular de la Opera Real de Budapest. Infortunadamente, su inestabilidad emocional le impidió durar mucho tiempo en el puesto.
Trágico espectro
Por entonces, las desgracias se precipitaron para Mahler. En el curso de un año murió su padre y luego, con semanas de diferencia, su madre y su querida hermana Leopoldina. Como si no hubiera sufrido suficientes golpes, años más tarde se produjo el inexplicable suicidio de su hermano Otto, en Leipzig. Gustav quedó tan profundamente afectado por esta pérdida que nunca hizo mención del episodio durante el resto de su vida. Sólo después de su muerte, su viuda encontró abandonadas en un baúl tres sinfonías y una colección de lieder, todos escritos por Otto y que Gustav nunca pudo volver a mirar.
El trágico espectro de la muerte pareció rondarlo durante el resto de su vida. Sus Kindertotenlieder (Canciones a la Muerte de los Niños) fueron escritas en un momento de paz y felicidad hogareña, sin embargo denotaban un profundo disturbio interior. Su esposa Alma, en esa época embarazada de la segunda de sus hijas, las sintió como un mal presagio. Tres años más tarde, la menor de las niñas logró recuperarse de la fiebre escarlatina, pero contagió fatalmente a su hermana mayor, María Anna. Después de tantas víctimas en su familia, la muerte de su hija estuvo a punto de quebrar el espíritu del músico.
Su labor creativa tampoco le ayudó mucho a escapar de la ciclotimia. Como compositor, fue de fracaso en fracaso. Ridiculizado por la gente, caricaturizado en los periódicos, abucheado y despreciado por público y críticos, sólo era reconocido como un gran director de orquesta. Gustav vivió la parte más crítica de su patología mientras se desempeñaba como Director de la Opera de Viena. El frenético ritmo de trabajo, al que no estaba habituado, lo desequilibró completamente. Su único alivio estaba en la dicha hogareña. Alma era su refugio cuando sus profundas crisis lo volvían inactivo.
A menudo lamentaba de haber malgastado su vida como director de orquesta, citando innumerables casos de compositores que, a su edad, ya habían completado la mayor parte de su obra. En un estado de total depresión, se ponía a trabajar obsesivamente, quejándose sin cesar de hasta el menor ruido ambiental, como el de los pájaros construyendo su nido o los ecos lejanos que atravesaban el lago Worthersee, su tranquilo refugio durante las temporadas veraniegas, mencionados despectivamente por Mahler como “la barbarie del mundo exterior”.
Trataba de encontrar fuerzas e inspiración para componer, pero afectivamente se iba alejando y encerrando en sí mismo cada vez más. Alma había renunciado a su gran círculo de amigos para convertirse en la esposa obediente y llena de tacto que Gustav necesitaba. Pero después de años de renunciamiento personal, Alma tuvo un estallido emocional y le exigió a su esposo un cambio de actitud. Pese al estado de angustia en que se encontraba, el músico tuvo la capacidad para reconocer que estaba necesitando ayuda, circunstancia que lo motivó a enviar un urgente telegrama a Sigmund Freud.
Uno de los episodios más comentados y, a la vez, más enigmáticos en la vida del compositor Gustav Mahler fue su encuentro con el padre del psicoanálisis, ocurrido en 1910 en la localidad holandesa de Leiden. Freud se encontraba de vacaciones cuando recibió la misiva del músico, en la que solicitaba una cita profesional. Ambos genios pasearon durante toda una tarde por la vieja ciudad universitaria, mientras Freud realizaba un psicoanálisis de urgencia para Mahler, condensado en un par de sesiones. Según los biógrafos, fueron tres o posiblemente cuatro las veces que estuvieron reunidos.
La terapia de Leiden renovó sus sentimientos por Alma, como quedó registrado en la dedicatoria de su Décima Sinfonía: “Vivir por ti. Morir por ti, Almschi!”. Hubo un reencuentro afectivo, pero Mahler ya estaba demasiado desgastado físicamente y su corazón no resistió. Con su problema de endocarditis agudizado, expiró en Viena, pocos días antes de cumplir 51 años.

HECTOR BERLIOZ
LAS DOS MELANCOLIAS
Héctor Berlioz, “supremo arquitecto del gigantismo musical”, fue muy certero para describir sus depresiones. Poseído durante toda la vida por estados de ánimo cambiantes, experimentaba, según su propio análisis, dos tipos de melancolía. Mientras una era “activa, dolorosa, tumultuosa”, la otra se caracterizaba por el hastío, la soledad, el letargo y la falta de sentimientos.

“Nuevamente fui presa de esa espantosa aflicción psicológica, nerviosa, imaginaria”, escribió en una ocasión. “El ataque cayó sobre mí con extraordinaria fuerza. Padecí horrores y me quedé gimiendo en el suelo, estirando los brazos con desamparo y tratando convulsivamente de arrancar manojos de pasto e inocentes margaritas de ojos bien abiertos, luchando contra la sensación aplastante de ausencia, contra una soledad mortal”.

Nacido en Diciembre de 1803 en La Cote Saint Andre, pequeñísima localidad alpina al este de Francia, Berlioz era hijo de un respetado médico y melómano, afición que transmitió a su hijo, junto con el amor por los autores literarios clásicos, y que se reflejaría posteriormente en su música.
Cuando hubo que decidir sobre su futuro, el jóven Héctor fue enviado a estudiar medicina a París. Pero el entusiasmo inicial duró sólo hasta la primera lección de anatomía, que lo hizo abandonar las aulas. Su creciente amor por la música lo llevó a enfrentar a su padre, incluso a perder la mesada que le daba y a cantar en un coro para costear sus estudios en el Conservatorio. En ese establecimiento adquirió extensos conocimientos de composición, además de la experiencia necesaria para postular incansablemente al prestigioso Premio de Roma de composición.
“HAY DOS CLASES DE SPLEEN; UNO BURLON, ACTIVO, APASIONADO, MALIGNO: EL OTRO MOROSO Y COMPLETAMENTE PASIVO, EN EL QUE SOLO SE DESEAN EL SILENCIO Y LA SOLEDAD, Y EL OLVIDO QUE PROPORCIONA EL SUEÑO. PARA CUALQUIERA QUE ESTE POSEIDO DE ESTE TIPO DE MELANCOLIA, NADA TIENE SIGNIFICADO, LA DESTRUCCION DEL MUNDO APENAS LE AFECTARIA”.
Su familia no se convenció de que su destino estaba en la música, hasta que logró crear su primera obra importante: la magnífica Sinfonía Fantástica. La primera interpretación pública de la pieza, el 5 de Diciembre de 1830, revolucionó a la prensa y a los círculos musicales. Con la cantata La Ültima Noche de sardanápalo obtuvo el largamente anhelado galardón y se trasladó a Roma para comenzar uno de sus períodos creativos más prolíficos. A partir de entonces compuso su inolvidable Requiem, la sinfonía dramática Romeo y Julieta, La Maldición de Fausto y la ópera Benvenuto Cellini. Sin embargo, esa exitosa etapa en lo profesional tuvo una dolorosa contraparte en lo personal, pues sufrió intensos sufrimientos amorosos debido a su carácter sentimental y apasionado.

A su regreso a París, tras un intento de suicidio por un amor frustrado, Berlioz se casó con la actriz inglesa Harriet Smithson y ambos tuvieron un hijo. Su nueva situación de padre de familia lo obligó a buscar más recursos económicos, dedicándole más tiempo a la crítica y la crónica musical que a la composición. Otro factor que mermó su producción fue el nuevo estilo musical que impuso el alemán Richard Wagner, a comienzos de 1850. Marginado del ámbito vanguardista, el francés fue calificado de extravagante, excesivo y pasado de moda.

La disminución de la popularidad lo obligó a plantearse la opción de abandonar del todo la composición. “He dejado de componer; mi mente parece debilitarse a medida que mis sensaciones se vuelven más intensas. No hice nada. No me queda otra capacidad que la de sufrir”, escribía.

Aquella fue una época triste para el compositor. Falleció su primera esposa y luego su segunda mujer, la cantante María recio. Su único hijo adquirió una grave fiebre tropical en La Habana que lo llevó también a la tumba. El propio Héctor debió enfrentar una nueva crisis maníaco-depresiva, que él mismo describió con intenso dramatismo: “¿Qué puedo decir para darte una idea de la acción de esta enfermedad abominable? “hay dos clases de spleen; uno burlón, activo, apasionado, maligno: el otro moroso y completamente pasivo, en el que solo se desean el silencio y la soledad, y el olvido que proporciona el sueño. para cualquiera que este poseído de este tipo de melancolía, nada tiene significado, la destrucción del mundo apenas le afectaría”. Cuando me acometen estos sentimientos, desearía que la tierra fuera una granada rellena de pólvora, a la que le acercaría un fósforo para divertirme”.
A pesar de todo, se daba ánimos para realizar largas giras por el resto del continente, donde su música era más apreciada que en su propia nación. Durante aquellos tours permanecía en cama durante todo el tiempo que quedaba entre ensayos y presentaciones. En Montecarlo sufrió un primer ataque cerebral y pocos días después padeció el segundo en Niza. Consciente de que su fin se aproximaba, volvió a París. Durante los últimos años su vida fue presa de dolorosos padecimientos intestinales, que mitigaba con opiáceos. Su abnegada suegra y un par de amigos se ocuparon de él hasta el final. El 8 de marzo de 1869, confinado en su lecho, falleció a los 66 años, consumido por el mal humor y mortalmente desgastado por el bamboleo emocional.

Considerado el creador de la instrumentación moderna, su innovador concepto de la orquestación y sus desesperanzados escritos sobrevivieron a su muerte física: “Es difícil expresar con palabras lo que sufrí, el anhelo que parecía estar arrancándome el corazón desde las raíces, la espantosa sensación de estar solo en un universo vacío, la agonía que me estremece como si la sangre corriera helada por mis venas, el asco de la vida, la imposibilidad de morir. Ni el propio Shakespeare pudo nunca describir esta tortura; pero en Hamlet la considera como uno de los peores males de la existencia”.

Afectado por crisis maníaco-depresivas durante toda su vida, Berlioz escribió extensamente sobre sus cambiantes estados de ánimo.
GENTILEZA DE
ABBOTT NEUROCIENCIAS
ABBOTT LABORATORIES ARGENTINA S.A.

Comments (1)

Rompi la curiosidad y esto me asusta.

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