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Ciencia del alma, de la vida psíquica o de la conducta, la psicología se ha encontrado desde sus inicios en la encrucijada entre dos ámbitos divergentes de conocimiento: la filosofía y la ciencia. Bifurcación no resuelta hoy en día
La psicología, según Ebbinghaus, posee un largo pasado, pero una historia muy corta. Efectivamente, como ciencia experimental comenzó su andadura con la creación del primer laboratorio psicológico fundado por Wilhelm Wundt (1832-1920) en Leipzig (1879), momento que señala la independización de la psicología de otras ciencias a las que estaba íntimamente ligada: metafísica, filosofía, fisiología, etc.
Antes de Wundt, la psicología era concebida como una ciencia del alma, entidad a la que se asociaba la conciencia y la facultad exclusiva del hombre: la razón, el entendimiento.
Platón llevó a cabo un estudio del alma (psiché), a la que dividió en tres partes (racional, irascible y apetitiva) relacionadas con tres clases sociales de su República ideal: filósofos-gobernantes, soldados y clase productora o trabajadora. Para Platón el alma era separable del cuerpo e inmortal, cosa que Aristóteles negó rotundamente. Para él, ésta no es algo distinto a la operatividad y funcionalidad de un cuerpo y, por lo tanto, no podría pervivir separadamente. Como escribe el estagirita: “Si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma”.
Ahora bien, tanto Platón como Aristóteles asociaron la conciencia y sus procesos a la parte o función del alma asociada con la racionalidad, por lo que sus investigaciones incluyeron también un exhaustivo estudio sobre la cuestión del conocimiento, su origen y adquisición, problemas que fueron ampliamente debatidos durante la Edad Media y el Renacimiento y que cobraron un nuevo y original impulso en el siglo XVII con la obra de René Descartes, el fundador de la filosofía racionalista. Para éste, la conciencia es una entidad absolutamente heterogénea e irreductible a la pura materialidad (extensión) del cuerpo, que se rige por leyes mecánicas. La conciencia, además, se halla provista de ciertos contenidos (ideas innatas) a los que se accede intuitivamente y que nos proveen de ideas claras y distintas a partir de las cuales, deductivamente, podemos fundamentar el edificio de todo conocimiento que sea cierto e indudable y, por lo tanto, verdadero.

